lunes, julio 09, 2018

Once tipos de soledad


Entonces el recuerdo de la infancia empezó a rondarle la cabeza porque de pronto le dio la impresión –y fue tan fuerte que clavó la uña del pulgar en el sobre oculto de fósforos- de que dejar que las cosas pasaran y tomárselas con elegancia había sido, de alguna forma, la constante de su vida. No había forma de negar que el papel de buen perdedor le había parecido siempre demasiado atractivo. Había sido su especialidad en la adolescencia: perdía valientemente en las peleas contra los chicos más fuertes, jugaba mal al fútbol con la secreta esperanza de que lo lesionaran y se lo llevaran dramáticamente fuera de la cancha (“hay que concederle algo al bueno de Henderson”, decía el entrenador del secundario con una risita, “es un perdedor nato”). En la universidad su talento había podido desplegarse -había exámenes que reprobar y elecciones que perder- y después en la Fuerza Aérea se presentó la oportunidad de que lo clasificaran no apto, de manera honrosa, como cadete de aviación. Y ahora parecía destinado inevitablemente a cumplir con el llamado una vez más.

Richard Yates, Once tipos de soledad (del cuento “Un perdedor nato”)





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